sábado, 7 de octubre de 2017

Hôzuki, la librería de Mitsuko


Mitsuko tiene una librería de lance especializada en obras filosóficas. Allí pasa los días serenamente con su madre y Tarô, su hijo sordomudo. Cada viernes por la noche, sin embargo, se convierte en camarera en un bar de alterne de alta gama. Este trabajo le permite asegurarse su independencia económica, y aprecia sus charlas con los intelectuales que frecuentan el establecimiento. Un día, una mujer distinguida entra a la tienda acompañada por su hija pequeña. Los niños se sienten inmediatamente atraídos entre ellos. Ante la insistencia de la señora y por complacer a Tarô, a pesar de que normalmente evita hacer amistades, Mitsuko aceptará volver a verlos. Este encuentro podría poner en peligro el equilibrio de su familia.

Tienen la portada –los colores, el trazo, la estampa- y el título algo que invita al recogimiento, a ponernos cómodos, a descalzarnos quizás y a bajar las persianas, a aislarnos del mundo, algo parecido al olor de una tarta que se hornea y que nos arrastra hasta la cocina. Está relacionado, y no me pregunten por qué, con la dulzura y el silencio, con la armonía. Quizás es que hay libros que tienen carisma, que atrapan incluso antes de leerlos. Hôzuki, la librería de Mitsuki es una de las últimas (y más exquisitas) apuestas de Nórdica Editorial, escrito por la autora japonesa -aunque lleva muchos años viviendo en Canadá- Aki Shimazaki: una novela corta sobre una librera y su hijo sordomudo, una fábula sobre las casualidades y el destino, sobre la maternidad y la nieve, sobre las personas que se encuentran en esta vida porque ése es su cometido: encontrarse y hacerse felices.
            Como apuntaba antes, Mitsuko regenta una librería y vive con su madre, una mujer católica, divorciada y ex presidiaria, y con su hijo Taró, sordomudo y mestizo, mitad japonés, mitad español. Un día, entra en la tienda una misteriosa mujer y su hija, que quieren comprar algunos libros, y esa visita desequilibra su rutina, abre una ventana ante un paisaje incierto. Ese encuentro, casual, fortuito, servirá a la protagonista para recordar ciertos episodio de su vida relacionados con los amores y las soledades, con la maternidad y el sufrimiento, con el futuro. Y aquí están, a grandes rasgos, los desvelos de una mujer, sus desaciertos, las decisiones con las que tendrá que cargar el resto de su vida. Y hablaba antes del silencio: fíjense, su hijo es sordomudo, la nieve cae tranquila a las afueras. Y sí, la novela está llena de colores blancos, habitada por secretos, por cosas que no se dicen porque ponerle palabras haría más daño que mantenerlas ocultas. A pesar de la carga de la historia, prevalece siempre la ternura, esa suavidad que es obra de la autora.
            No podía ser de otra forma: el estilo de Shimazaki es conciso y armónico, como si nos estuviera susurrando. Elige las palabras precisas, no se enreda en descripciones interminables. Todo es sencillo y ordenado, luminoso, como si la literatura también tuviera su feng-shui. Se decanta por los párrafos cortos, por las frases tajantes y por dejar que los personajes se desenvuelvan solos. El narrador, en este caso ella misma, parece contar la historia con pudor, con cierto sonrojo, como si fuera igual de importante lo que se cuenta y lo que se calla. Tiene el don de callar, de sólo sugerir. Y lo mejor es que tiene varios niveles de lectura: está la acción, y todo lo que subyace. Y después, como esa estela que deja el cometa, está ese buen sabor de boca, la sensación de que en poco más de cien páginas nos ha contado una vida entera, o tres vidas enteras, todas con sus desamores.
            Como ver nevar tras la ventana, junto a una chimenea, Hôzuki, la librería de Mitsuko habla de una forma calidad sobre los amores grandes y los encuentros mágicos, nos hace reflexionar sobre la maternidad y sus límites, nos muestra el momento en el que una madre y un hijo se miran a los ojos y saben que no cabía más opción que la de estar unidos. Qué susurro más bello el de Shimazaki. Y desde aquí, sólo puedo recomendar esta fábula, y decir que a veces para contar una historia sólo hay que elegir las palabras más sencillas, las más elegantes. Y dejar que todo fluya 

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